El recién pasado 1 de marzo celebramos el cumpleaños de mi hijo menor, que cumplió ocho años. Hoy en día hay diversas formas de festejar los cumpleaños de niños. Atrás quedaron los gorritos de fiestas, entre otras costumbres que se han difuminado, mientras otras se mantienen. Para el de sus ocho, incluimos algo distinto para esta época, y que me inspiró a escribir la siguiente reflexión.
Este elemento novedoso me retrotrajo a mis cumpleaños de niña, en un espacio amplio (un estadio) con mucha gente, los cuales no me gustaban. (Solo al cumplir ocho años – igual que mi hijo -, lo verbalicé a mi mamá. Desde entonces, comencé a festejarlo en casa, con pocas amigas, donde sí lo disfrutaba). Sin embargo, en aquel lugar masivo, había algo que me agradaba, porque me sorprendía: un show de magia. Esto consistía en un hombre – el mago - que desarrollaba distintos trucos, sin que el público entendiese cómo, ni los niños ni los adultos. El clásico: sacar un conejo de un sombrero. ¿Cómo se escondía el animal en ese pequeño espacio agujereado? Aún no me lo explico.
Siendo hoy cada vez menos usuales los espectáculos de magia, en este último cumpleaños de mi segundo hijo, contratamos a uno. Fue un show realizado por un mago que conocimos hace algunos meses en un lugar público de Santiago de Chile, donde entregaba minutos de “magia” a cambio de una propina. Deduzco que esa es su forma de darse a conocer.
Cuando comenzamos a hablar del festejo del integrante menor de la familia, él indicó “yo quiero que venga el mago para mi cumpleaños”. Nos pareció una idea entretenida y diferente para estos tiempos. Por cierto, después de que lo conoció, en diversas ocasiones ha intentado realizar trucos de magia en casa, del tipo hacer aparecer y desaparecer algún objeto.
Entonces contacté al mago, a quien le mencioné que era para el cumpleaños de un niño de ocho años. “De todas formas, el espectáculo es para toda la familia” me dijo, lo cual me pareció aún más atractivo. Así que, lo contraté.
¿Y cómo resultó el cumpleaños con el mago? De lo más entretenido, innovador y sorprendente.
Primero, porque, efectivamente, se entretuvieron no solo los niños sino también los adultos, siendo así un festejo familiar.
El principal factor de entretención radicó en el misterio, en no saber cómo funcionaba “la magia” que hacía. A ratos, el mago decía “les voy a develar cómo se hace” y todos respondían “¡nooo!”, puesto que, en el fondo, no queríamos saber. De alguna forma, cuando el misterio se revela, se vuelve aburrido. Se pierde la magia. Y aunque no lo admitamos fácilmente, la magia nos gusta, tiene su “no sé qué”.
Esto me parece contradictorio con el funcionamiento de la sociedad actual, donde buscamos anticipar lo más posible y no dejar espacio a la duda de lo que sucederá. Por cierto, me he encontrado a mí misma más de una vez diciendo “estoy en una edad en que busco reducir incertidumbre”. Es decir, mientras más pueda prever, más pueda entender cómo, cuándo y por qué va a ocurrir lo que sea que ocurra, más tranquilidad siento. Por el mismo motivo, hoy me parece que ser una persona predecible, es una cualidad, y no algo insípido ni poco seductor.
Pero con la magia, acaece lo contrario. Deseamos, buscamos y esperamos la sorpresa, la expectativa, el impacto, el desconocimiento, el no entender, el no ver, el no captar.
La capacidad de sorprendernos disminuye de manera inversamente proporcional al aumento de la edad. Además, me parece que estamos en una era donde es cada vez más difícil despampanarnos:
–Todo, o gran parte del mundo, se puede predecir gracias al algoritmo digital.
–Y tengo la sensación que los grandes descubrimientos ya están hecho (aun sabiendo que siempre habrá asuntos/misterios por develar, como lo hace la ciencia con la cura de enfermedades).
En este sentido, la sorpresa contiene cierto placer que velamos resguardar (“¡Pero que nadie lo sepa!”, porque cómo nosotros, seres “pensantes y cerebrales”, vamos a creer en la magia…) Pero, en el fondo, no queremos saber cómo es que el mago hizo los trucos:
- Cómo la paloma aparece entre dos platillos con fuego.
- Cómo el mago se “corta” el brazo y aparecen naipes desde la herida;
- Cómo “vomita” naipes;
- Cómo acierta al naipe que hemos elegido;
- Cómo hace desaparecer agua de una taza.
¡Los adultos nos preguntábamos si era capaz de hacer aparecer muchos billetes! O volar; o viajar al pasado.
Buscamos descubrir el cómo, indagamos mentalmente la lógica detrás de lo que no vemos… pero en realidad, anhelamos no encontrar la respuesta. Queremos seguir anonadándonos. Como niños. Incluso asustarnos.
El hecho de que también los adultos nos asombráramos, me pareció aún más mágico. Es más bien fácil sorprender a un niño, gracias a su bella inocencia, mas no así a los adultos ya corroídos por lo vivido, por el mundo transcurrido por nuestra vida. No importa cuántos estudios tengamos, cuán inteligente seamos, cuánta habilidad tengamos para manejar y resolver diferentes tipos de situaciones y problemas… los trucos del mago siguen siendo extraordinarios.
Me pregunto entonces cómo se define la magia. El diccionario dice que es el “arte de realizar cosas maravillosas en contra de las leyes naturales por medio de ciertos actos”, como cuando decimos que algo ocurre “por arte de magia”. También menciona ser el “encanto o atractivo particular de alguna cosa, que parece fuera de la realidad o hace olvidarse de ella”[1]. Como el centro de diversiones ochentero y noventero a la salida de Santiago: Mundo mágico. Si bien nunca fui, me pregunto qué habrá tenido de “mágico” para haberlo llamado así. Tal vez se deba al nivel de diversión al cual se llegaba, alejándonos de la realidad, como lo plantea la última definición.
En sociedades altamente occidentalizadas y racionalizadas, la magia tiene poca cabida, incluso es mal vista. “Pero cómo no va a tener ninguna explicación; cómo puede ser que haya ocurrido así no más”. O aún más: “cómo vas a creer en la magia”, aludiendo de manera implícita a ser poco astuto, inculto, o altamente inocente. Todo esto connotado como defectos.
Y se habla de “ver para creer” pero también lo he escuchado a la inversa: “creer para ver”. Y quizás ahí radica la magia: en ver eso que no comprendemos cómo ocurre; en confiar, o aquello que sabemos cómo toma forma, pero no es visible a nuestros ojos cotidianos:
–Como el crecimiento de una planta, de un bebé, o de una mascota;
–El proceso culinario que permite alcanzar un rico plato de comida;
–Una intervención quirúrgica;
–Coincidir, sin previa coordinación, con alguien en la calle de grandes ciudades. O más aún, estar viviendo, coincidiendo, en la misma época y espacio del mundo…;
–Tal vez, la misma madurez psicológica y emocional de un ser humano;
–O simplemente cuando se nos pierde algo, un objeto, lo buscamos por toda la casa, sin éxito, y al día siguiente… aparece, como por arte de magia.
–Y las antiguas culturas, quienes entregaban amplio poder a la naturaleza y sus propiedades curativas, por ejemplo. O a los dioses que eran capaces de, entre otras cosas, hacer que ocurriesen fenómenos naturales como la lluvia.
–O como aquellos seres creyentes con un alto e inquebrantable nivel de fe – a quienes ya he mencionado en otros textos que admiro mucho e incluso envidio un poco, por el regocijo que esto les entrega – que tienen la certeza que D’s [2] está detrás del “teatro de la vida”. “D’s se esconde detrás de las casualidades, y para conservar el anonimato, les llamamos milagros”, escuché sabiamente decir una vez a un rabino en una ceremonia religiosa judía. Me parece que, lo que calificamos de milagros, también es magia.
Todo eso que tiene lugar “tras bambalinas”, más allá de nuestro campo visual, es mágico. Como el maestro que dirige los títeres o las marionetas, haciéndonos creer que estos tienen vida propia. Que no se malentienda el sentido de lo que aquí menciono sobre estas personas que dirigen a estos personajes, a quienes se les suele citar, en lenguaje figurado, como aquel que manipula a otros para satisfacer sus propios deseos o caprichos, por lo cual se ha vuelto una figura vilipendiada. En este caso, me refiero a los “tramoyistas”, a quienes arman y desarman el escenario sin ser vistos, logrando una puesta en escena perfecta, gracias a su trabajo invisible para el público.
Pienso también en aquellos que tenemos bajo conocimiento y comprensión tecnológica y digital, también nos parece que la tecnología funciona “por arte de magia”. A mí, me sigue pareciendo “mágico” hablarle a Alexa, hacerle una pregunta o darle una instrucción musical, y la comprenda y entregue una respuesta. Lamentablemente, su “magia” aún no llega a tanto como para que le digamos “Alexa, ordena la casa”, ¡y la casa quede ordenada!
A propósito de la tecnología, uno de los proyectos en los que me encuentro colaborando en mi trabajo es el desarrollo de una app [3] – proceso en el cual, por cierto, he aprendido mucho de este “mágico” ámbito digital y su programación. Hace algunos días, el colega del área en cuestión me comentaba que le harán mejoras a la app, obteniendo así una segunda versión. Me sorprendió que hablara de una “segunda versión” puesto que para mí es la misma. “Es que tú no visualizas esas modificaciones” me dice. “Es que yo soy más romántica y no veo esas cosas terrenales/materiales” le respondo irónicamente. “Qué suerte la tuya”, me dice, con la misma ironía. Y es que, en efecto, esas acciones no están dentro de mi campo visual, y solo reparo en los resultados de las teclas que se debieron tocar para llegar a ellos. Ciertamente, su afirmación no me parece irónica sino cierta: si bien, por supuesto, me gustaría aprender y saber cómo funciona la plataforma digital en sus “bambalinas”, tengo (un poco de) suerte de ver cómo algunas cosas resultan “mágicamente”.
Cuando hablo de ser romántica, aludo al sentido original del término: “movimiento literario y de ideas que se inició a fines del siglo XVIII (…) [que] se caracteriza por el predominio del sentimiento y la pasión, el individualismo y el amor a la libertad, sobre la razón y las normas, [y que] se opone como actitud espiritual al clasicismo”[4]. Y el clasicismo se define como “cualquier creación del espíritu humano en que la razón y el equilibrio predominan sobre la pasión o la exaltación”. Lo que me hace definirme como romántica es la tendencia al sentimiento por sobre la razón, subyugando esta última a la “magia” de los hechos, al no poder explicarlos racionalmente. En parte, no quiero dejar de ser romántica, quiero seguir teniendo fe en la magia, a pesar de la realidad racional.
Me gustaría que la intuición, la exaltación de los sentidos, la experiencia sensorial, la imaginación, la creatividad y creación, el asombro, tomen – nuevamente – un lugar importante entre nosotros. Esto fue lo que el mago logró poner sobre la mesa: vislumbrar lo que va más allá de la razón, de la explicación mediante la lógica y el argumento, mirar y observar lo que no vemos, y deslumbrarnos con ello. Y me parece que hoy en día, en ciudades con un ritmo que llega a superar la velocidad de la luz, nos haría bien ponernos un poco más románticos y mágicos. Como lo era en las sociedades tradicionales, donde se creía en la magia.
Marzo 2025.
[1] Moliner, M. Editorial Gredos. 2016. España.
[2] No lo escribo con todas sus letras ya que el judaísmo indica escribirlo bajo esta abreviación, para no mencionar su nombre en vano.
[3] Una app es un programa digital o tecnológico, diseñado para funcionar en dispositivos móviles.
[4] Moliner, M. Editorial Gredos. 2016. España.
El Diario de Karin
Escritos de Karin Froimovich, un Trayecto, un Camino