Si bien no suelo conectar con la Navidad y su espíritu - por motivos familiares, históricos y religiosos - la última que vivimos – en el recién pasado año 2024 - fue distinto.
A lo largo de mi vida, sobre todo antes de casarme con mi marido no judío, para mí la Navidad constituía una fiesta de “los demás”, “para los demás”, para los cristianos, mayoritarios en Chile, donde celebran un nacimiento. Esto es en el mejor de los casos: si es que recuerdan a qué se debe este festejo. La mayor importancia de la persona de esta natividad que, a mi entender, justifica esta celebración, es ser el mesías, para esta corriente religiosa, a diferencia de la cultura judía, que lo reconoce como un hombre bueno pero no como el salvador. De pequeña, también recibía algún regalo, al día siguiente del 24 de diciembre – la noche buena o Nochebuena – ya que “había pasado el Viejito Pascuero a dejarlos”. Algunas veces incluso vi transitar su trineo por el anochecido cielo de ese día. En el patio delantero de la casa que habitaba en aquel entonces, había un pino, el cual decoraba en estas fechas, aunque de manera escueta. El pesebre sí que era algo totalmente ajeno, sin ninguna cabida en mi hogar. Tampoco había reunión familiar en torno a esta festividad, y menos aún era una fecha esperada.
Aun así, no me queda claro qué es lo que realmente se conmemora o, mejor dicho, por qué se festeja. Mi espíritu crítico, analítico y escéptico le cuesta comprender los motivos históricos de esta festividad. Y más aún, por qué esto implica la entrega de regalos a los niños y a algunos adultos, por qué este momento se grafica con la imagen de un pino, con la recreación de dicho nacimiento, y por qué esta fiesta, con el tiempo, ha ido generando una fiebre de consumo.
Pienso que mis papás realizaban estas acciones para con nosotros, empatizando, en parte, con el deseo de recibir un obsequio - ¡a qué niño/a no le gusta recibir regalitos… y a qué adulto tampoco le gusta! - y puesto que la mayoría de los demás niños de nuestro entorno recibían. Por cierto, crecimos en un ambiente educacional laico en el cual la mayoría de los estudiantes y su familia respondía a la corriente religiosa católica o cristiana, acorde al país.
Ahora que tengo hijos, mi situación frente a la Navidad ha debido cambiar, no tanto por opción ni decisión propia, sino por ellos. Viven insertos en una comunidad sin religión o, conviven con múltiples religiones, y decidimos no inculcarles ningún credo sino el laicismo y la apertura cultural. Por tanto, pese a venir de una madre judía, no son judíos en términos culturales. “No importa la religión que elijan - ni la identidad sexual, ni la profesión u ocupación - lo importante es que sean buenas personas” les repetimos una y mil veces, sobre todo cuando no tenemos total certeza de nuestras respuestas (esto último ellos no lo saben, y menos aún están al tanto que esto es lo que ocurre la mayoría de las veces). Por cierto, el mayor de ellos fue elegido mejor compañero por su curso, cosa que me enorgullece y me emociona hasta las lágrimas, y me hace pensar que algún efecto ha surtido nuestras palabras.
Dado este escenario, de manera totalmente inocente, mis niños esperan y disfrutan la Navidad, la llegada del Viejito Pascuero, la emoción y ansiedad que esto les genera cuando se acerca la medianoche, y la alegría de recibir regalos. A partir de esto, me he visto algo obligada a conectar con esta fiesta. Todavía me cuesta, debo admitirlo, no me resulta natural, pero me esfuerzo, y mi mayor motivación es la de ver sus caritas felices.
Pese a todo lo anterior, esta última Navidad tuve una conexión diferente. Porque tuve la dicha de recibir. ¡No es que otros años no recibiera! Sino que esta vez sentí que recibí más de lo que di o, tal vez, le otorgué más valor y lo acogí con los brazos más abiertos y apretados. Fueron detalles – galletas caseras, una flor… -, varios de personas inesperadas, que materializan su cariño. Y más que objetos físicos, se trató de gestos de reconocimiento, agradecimiento, y apoyo. Por estar, por hacernos presentes, que me llenan de alegría y gratitud.
Esto me recuerda el ciclo de dar-recibir-devolver que bien planteó Marcel Mauss [1], refiriéndose al intercambio de objetos, permitiendo la cohesión social y perpetuidad de los lazos sociales. El antropólogo plantea, además que, el don, junto al acto de donar, engrandecen al donante y crea en el receptor una obligación de devolver, con el fin de mantener el vínculo.
Aquí me emerge la pregunta sobre qué está en el origen: dar o recibir, análogo al cuestionamiento de si fue primero el huevo o la gallina. Tampoco sé si cada quien recibe lo que da, o da lo que recibe, en línea con la pregunta inicial. Sin embargo, cuando he agradecido a las personas de quienes he recibido un presente – tangible o intangible – comentando que este año me han entregado “tantos regalitos”, como una forma de resumir todo eso que he podido acoger, me han respondido “bueno, hay momentos en que uno recibe y otros en que da. El próximo año serás tú la que regala”. Y en esto sí que creo con mayor seguridad: la vida, el universo, o la deidad que sea en la que depositemos nuestra fe, devuelve lo que damos. Tanto en sentido positivo como negativo. No necesariamente en la misma “moneda”, de la misma forma, pero sí que la energía fluye, transita, se transporta, y se transforma… Algo así como:
–Todo se paga (y en vida, agrega mi mamá), para quien ha actuado con cizaña.
–Cada quien cosecha lo que siembra (no lo que se merece, como dicen algunos), para bien y para mal.
Asimismo, cada vez que dudo de los efectos de lo que estoy haciendo hoy – tanto respecto a mis hijos como con mi matrimonio, mi trabajo, etc. – salgo a mi jardín, miro mis plantas, y veo cómo han florecido, algunas después de mucho tiempo – por ejemplo, la hortensia -, incluso habiendo dudado en más de una ocasión de que fuera a dar flores. Pero de regarla con constancia, y ponerla en el lugar adecuado – al sol en invierno, primavera y otoño, y más resguardada en verano – hoy es su mejor versión, a pesar de tener estaciones donde luce menos.
Volviendo al hecho de dar y regalar, “es que los chilenos somo solidarios” dirán algunos. Y no. Yo pienso que, no porque donemos dinero a causas comunes como la Teletón [2], o en ocasiones de catástrofes naturales donde una comunidad resulta afectada, implica que seamos solidarios. Somos cooperadores con el logro del resultado de una causa común, pero no por eso dejamos de ser individualistas. Muchas personas, sin siquiera darse cuenta, lo hacen por culpa, por deseabilidad social o, peor aún, para “una mejor vida” después de la muerte. Para mí, la solidaridad, al igual que la caridad, parte por casa. Es decir, primero debemos realizar actos de ayuda y apoyo con quien tenemos al lado, antes de donar – dinero, abrigo, insumos - a quien está más lejos/no conocemos:
–Además de donar dinero para apoyar a personas con capacidades físicas o mentales mermadas, o que “lo perdieron todo”, no nos hagamos los indiferentes, los “dormidos” o los que “no vimos” ante algún ser que nos topamos en la calle y que requiere de nuestro auxilio. Por ejemplo, una persona no vidente que desea cruzar la calle y que lo hará con tanta mayor facilidad si lo guiamos.
–Antes de calificarnos a nosotros mismos como solidarios, seamos empáticos y amables con las demás personas con las que convivimos en la ciudad, el campo, la montaña, la playa, el pueblo, en el día a día, particularmente al conducir vehículos, hecho que pareciera, hoy en día, sacar lo peor de quienes los manejan.
Personalmente, en algunas ocasiones, he dado exactamente lo contrario a lo que he recibido, porque lo que se me ha “regalado” me ha hecho sentir tan a disgusto que no quiero que nadie sienta ese malestar, y por ello, entrego lo contrario, contribuyendo a un mayor bienestar de esa persona. A modo de ilustración, si en un espacio laboral se me ocultó información dificultando el desarrollo de mi trabajo, no me guardo – de manera egoísta – conocimiento que otro lo requiera.
–Antes de decir que somos buenos profesionales/trabajadores y que hemos llegado alto y lejos por sí solos, reconozcamos, y públicamente, a todos quienes nos han brindado su soporte en grandes proyectos, en pequeños proyectos, o simplemente en el día a día compartiendo su conocimiento, información, guía, o apoyo.
Pongo la lupa en esto último.
En una sociedad altamente competitiva como la nuestra, entrando en el segundo cuarto del siglo veintiuno, es un lujo poder desempeñarnos y convivir de manera colaborativa, manteniendo así los lazos sociales – tal como planteó Mauss – pero de una manera no solo por convivencia y conveniencia sino desde lo íntimo y personal, la genuinidad, la no-estrategia, el solo hecho de sentirnos a gusto con el otro. El placer de dar “puntadas sin hilo”.
Nos necesitamos los unos a los otros – nos guste o no -, bien lo planteó Durkheim [3], para nuestra sobrevivencia física, en el contexto del proceso productivo. Por ejemplo, para consumir alimentos como frutas o verduras, requerimos del agricultor, el recolector, el comerciante, el vendedor, el repartidor… para que finalmente esté disponible para nuestra compra – física o virtual - y posterior consumo. Sin embargo, la sobrevivencia mental y emocional, sobre la cual Durkheim no se pronuncia porque no era un tema relevante en aquel entonces, se ha hecho cada más difícil y menos resuelta – a diferencia del proceso recién descrito - desde los tiempos del renombrado sociólogo. Basta con ver los datos de trastornos mentales y principalmente de depresión, a nivel mundial – cerca de 300 millones de personas en el mundo, en 2024, sufren de depresión, lo que equivale a 3.5% de la población mundial, según la Organización Mundial de la Salud – fenómeno que se vio acentuado por la pandemia del COVID 19.
Esa ha sido, para mí, la real magia de esta última Navidad: conectar con aquello que nos entrelaza desde lo emocional y no desde el consumo o lo que se espera de nosotros. Desde ese vínculo que nos entrega bienestar al corazón y nos abriga el alma, nos vuelve positivamente interdependientes, da sentido al vínculo social, y que nos obliga a devolver… solo por amor al otro y a la comunidad.
Enero, 2025
[1] Antropólogo francés (1872-1950). En 1924 escribe el Ensayo sobre el don, la forma y la razón del intercambio en las sociedades arcaicas, donde explica el ciclo del dar, recibir y devolver.
[2] La Teletón es una campaña benéfica y una institución sin fines de lucro que se dedica a la rehabilitación de niños, niñas y jóvenes con discapacidad motora.
[3] Sociólogo francés (1858-1917). Uno de los padres de la Sociología y maestro de Marcel Mauss. En 1893 escribe la División del trabajo social, donde explica la mencionada teoría.
El Diario de Karin
Escritos de Karin Froimovich, un Trayecto, un Camino